El expresidente de la Academia del Cine, Álex de la Iglesia abre la 20 edición del Festival de Málaga con su último film, ‘El Bar’.

ISMAEL MARINERO | Málaga

Darle la vuelta a las cosas suele funcionar. Si no, un buen bofetón con la mano abierta tampoco es mala opción. Álex de la Iglesia lleva haciéndolo con sus historias y personajes desde que otro Álex, Angulo, se pidió “una mirinda bien fría”. Así empezaba Mirindas asesinas (1991), el cortometraje que presentó en sociedad a este cineasta empeñado en ver el lado más cómico del terror y el lado más terrorífico de la comedia.

El hombre tranquilo que se acerca a la barra de ese bar de mala muerte como un parroquiano más y luego se lía a escopetazos con el personal no es tan diferente de los personajes encerrados en El bar, la película con la que se inaugura, entre aglomeraciones y retrasos, la 20 edición del Festival de Málaga. Porque el rostro que mostramos cuando nos pedimos una fanta, una caña o una de bravas es sólo eso, una máscara. “Dios bendiga esa máscara, hace la vida soportable, si no nos mataríamos entre nosotros”, dice el cineasta. Y con razón. “El hombre es un animal salvaje domesticado por la experiencia, que le indica que la supervivencia sólo es posible si forma parte de una tribu. Esa es la sociedad, soportarnos unos a otros. Cuando llega el miedo, eres capaz de todo por sobrevivir”. Y en El bar, el miedo se hace presente de la forma más insospechada posible.

Los arquetipos que coinciden en ese espacio cerrado (“Jorge Guerricaecheverría y yo fuimos al Palentino y vimos quién entraba: el barrendero, el pobre de los cartones, el director de la sucursal de un banco, un comercial extraño…”), esconden otras caras, que salen a la luz a las primeras de cambio: el primero de ellos que pone un pie fuera de la casposa taberna madrileña en la que se encuentran recibe un tiro desde fuera. El segundo, también. Los demás quedan encerrados, con sus problemas, sus prejuicios y sus miedos, sin saber muy bien cómo ni por qué.

Un punto de partida cómico, chocante y provocador, como el de otros filmes de De la Iglesia, que le permite probar cosas nuevas. “Me gusta que las películas sean un reto para mí, aprender algo nuevo haciéndolas. Me tomo la profesión como un combate conmigo mismo, quiero descubrir qué cosas me lo ponen difícil”. Incluso corriendo el riesgo de acabar KO en el primer asalto. “He disfrutado mucho con lo complejo que era a nivel técnico y de planificación, con lo claustrofóbico del espacio“.

Hasta ahí, ese primer tercio de comedia burra con elementos sorprendentes, todo en orden. Pero (siempre hay un pero), De la Iglesia no se conforma con eso, como nunca lo ha hecho: sus provocadores planteamientos siempre buscan algo más, esa vuelta de tuerca o esa colleja bien dada, aunque sea a costa del resuello del espectador y de la salud de sus personajes. ¿Disfruta haciendo sufrir a sus protagonistas? “Eso viene de proto-agonía, el que más sufre, que no puede ser otro que el protagonista. Hay un punto de venganza, de ironía cínica con respecto al personaje. Pero también hay mucho cariño”. Tanto como para imaginar todo tipo de perrerías, heridas y salvajadas. “Me gusta mucho que el espectador disfrute al ver cómo los personajes sufren más que él. Eso me resulta liberador. Como cuando sales de una pesadilla. Esa es una sensación que me gusta mucho en el cine”. A Carmen Machi, Secun de la Rosa, Mario Casas y Blanca Suárez, entregados a la causa de “el que pierde, muere”, hacen sus esfuerzos por defender unos personajes siempre en la cuerda floja.

Los inicios de De la Iglesia, esa pulsión kamikaze por extraer comedia de las situaciones más salvajes, deberían ser un buen espejo en el que mirarse para los autores de Maniac Tales, conjunto de cinco cortometrajes producidos por Kike Mesa y unidos a través de una confusa narración que los engloba a todos. La excusa de la presencia en Málaga de un producto a todas luces amateur y rodado en inglés, aunque sea fuera de competición, es que la historia central se grabó en La Equitativa, edificio icónico de la ciudad. Como en toda película colectiva, hay atisbos de originalidad y talento en algunas de las piezas, sobre todo en El momento perfecto, de Enrique García, pero la sucesión de historias terroríficas por momentos dan más risa (involuntaria) que auténtico miedo. Para ser el primer día del festival, el aperitivo ha resultado ser un tanto indigesto